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Originalmente publicado en el diario Núvol: Una lectura histórica e interdisciplinar del egoísmo contemporáneo.

Durante un fin de semana, mientras paseaba por el pueblo vecino, me encontré en la plaza con un buen conocido a quien no veía desde hacía tiempo. Siempre me había parecido interesante su manera de ver el mundo: la mirada de un payaso profesional con vocación humanista incondicional, distinta, al menos en apariencia, de la que suele oírse habitualmente.

Nos detuvimos unos minutos y conversamos sin un objetivo concreto, casi por azar. La conversación transcurrió de forma tranquila y abierta, como suelen hacerlo los diálogos cuando nadie intenta convencer a nadie. Entonces me lanzó una pregunta que me sorprendió. No fue una pregunta provocadora, sino vulnerable, casi pronunciada con un tono de desesperación:

“Leo, ¿de dónde viene todo este egoísmo hoy en día?”

La pregunta quedó suspendida en el aire. Podría haber respondido de inmediato. Tenía a mano varias explicaciones: la presión social, la polarización política, las redes sociales, la inseguridad económica. Pero cuanto más pensaba en ello, más claro veía que ninguna de esas respuestas bastaba. Explicaban síntomas, pero no alcanzaban el núcleo de lo que resonaba en aquella pregunta. Así comenzó mi indagación, con el propósito de comprender si esa percepción estaba justificada, si ese egoísmo existe realmente o si simplemente hoy lo percibimos con mayor nitidez. Y, sobre todo, desde cuándo se ha ido configurando esta tendencia.

Muy pronto comprendí también otra cosa: esa pregunta no podía responderse únicamente desde la psicología, como a menudo ocurre en este tipo de cuestiones. La psicología, o más precisamente una mirada psicoanalítica, tiende a dirigirse al pasado, a la causalidad individual, a las heridas, experiencias y mecanismos de cada sujeto. Pero una sociedad no puede analizarse de ese modo. No es la suma de casos individuales, ni solo nuestra historia. Somos también nuestros sueños, nuestros deseos y miedos, nuestras relaciones, nuestra esperanza y nuestro proyecto de futuro. Si queremos comprender el egoísmo contemporáneo, no basta con observar a individuos aislados y su pasado. Hay que mirar el tipo de sociedad que estamos produciendo entre todos y preguntarnos en qué nos estamos convirtiendo. En consecuencia, esta investigación parte, por ello, de una hipótesis incisiva: la sociedad moderna lleva más de ochenta años atravesada por procesos de individualización y personalización que, lejos de quedarse en una ampliación legítima de la libertad individual, han contribuido también a consolidar nuevas formas de egoísmo. Este proceso adquirió una fuerza particular tras la Segunda Guerra Mundial. Europa atravesó entonces una transformación social profunda, orientada a fortalecer el pensamiento democrático y un humanismo de alcance universal. En ese horizonte nacieron también las Naciones Unidas y se reafirmó con nueva fuerza la idea de los derechos humanos, en uno de los momentos más importantes de la historia democrática contemporánea. Se consolidó la convicción de que todos los seres humanos poseen igual valor, independientemente de su género, color de piel, estatus social u origen. Se trataba de garantizar la igualdad de derechos, mejorar el acceso a la educación y ampliar las posibilidades de desarrollo personal. Poco a poco, este impulso fue profundizándose. Cada vez más personas aspiraban a liberarse de viejas autoridades y de normas sociales restrictivas. Se conquistaron nuevos derechos, especialmente gracias al movimiento feminista y a los movimientos sociales, estudiantiles y obreros, de 1968 en Francia, Italia y Alemania. Resuenan aquí nombres como Simone de Beauvoir, Sartre y, desde la Escuela de Frankfurt, Adorno y Habermas. Mostrar emociones, cuestionar la autoridad, expresar críticas de forma abierta y buscar la autorrealización dejó de ser algo marginal para convertirse en algo socialmente valorado. También cambió la educación: los niños debían crecer con mayor libertad, sin violencia y con más espacio para la individualidad. En ese contexto, la libertad fue entendida sobre todo como emancipación frente a límites externos y frente al Estado. Nadie debía imponer cómo vivir, cómo sentir o cómo pensar. Esa conquista fue esencial para el desarrollo democrático y sigue siendo hoy uno de sus pilares fundamentales y, en esencia, humanísticos.

Pero también para la economía significaba un punto de inflexion clave, se reconoció pronto el potencial comercial de esta evolución del individualismo. La individualidad se volvió rentable. Cuanto más distintas quieren ser las personas, más fácilmente pueden venderse productos y servicios personalizados, estilos de vida, y también identidades. Así emergió una forma de capitalismo cultural en la que libertad y consumo quedaron estrechamente entrelazados. La autorrealización se transformó en mercancía. Cada individuo debía trazar su propio camino profesional, hacer visible su éxito, definirse a través de símbolos de estatus y diferenciarse de los demás. Hoy lo llamamos marca personal. Rasgos que antes se consideraban infantiles, como una fuerte necesidad de atención o validación, comenzaron a normalizarse entre los adultos. Y aquí aparece una paradoja decisiva de nuestro tiempo: esta promesa de singularidad produce a menudo una nueva monotonía. Todo está más individualizado, pero de algún modo todo está igual de individualizado. Todos en Instagram, todos queriendo parecer auténticos, interesantes, exitosos, sensibles o cool. Todos mostrando su desayuno, su cuerpo, sus viajes, su rutina, sus opiniones, sus emociones, su supuesta espontaneidad. Todos buscando un estilo propio, pero a menudo dentro de repertorios ya prefabricados socialmente. Incluso la diferencia, la rebeldía o la autenticidad empiezan a parecerse. A raíz de este fenomeno, aparece otra paradoja aún más inquietante: el individualismo prometía fortalecer al sujeto, pero de esta forma, con frecuencia, termina debilitando precisamente su subjetividad. En otras palabras, el individualismo le roba al sujeto su subjetividad porque lo convierte en objeto y, por tanto, en intercambiable. Si el humano se expone como producto se convierte en un objeto. De esta forma, paradójicamente, el individualismo no nos hace más humanos, a veces nos deshumaniza. Quien empieza a verse a sí mismo como producto se ve obligado a gestionarse, optimizarse y sostener constantemente su valor. La vida profesional se transforma así en una carrera permanente, marcada por la comparación y la competencia. Esta presión consume tiempo, atención y energía. Y cuando gran parte de la existencia se organiza en torno al rendimiento, la autopresentación y la persecución de los propios objetivos, disminuye la disponibilidad interior para mirar realmente al otro. La empatía se debilita, mientras crece la sensibilidad reactiva hacia todo aquello, o hacia toda persona, que daña la imagen, la interrumpe, retrasa o pone en cuestión el propio camino al éxito. El paso del individualismo al egoísmo no se produce simplemente cuando alguien piensa en sí mismo. Se produce cuando el otro deja de ser percibido como semejante y empieza a ser vivido sobre todo como obstáculo. Esta dinamica se intensifica con las redes sociales ya que construimos burbujas cada vez más personalizadas. Recibimos sugerencias de contenidos aparentemente hechos para nosotros, noticias afines a nuestros intereses actuales y opiniones que refuerzan lo que ya pensamos. También la IA puede convertirse en un espejo sofisticado: la calidad de su respuesta depende en gran medida de la calidad de la pregunta que hacemos, pero esa pregunta rara vez es neutral.

Una de sus consecuencias más reveladoras se manifiesta en la forma en que hoy entendemos la empatía. Un estudio reciente de Stanford, realizado con más de 5000 estudiantes, muestra una brecha de percepción: muchas personas tienden a considerar a otros menos empáticos comparado con que se consideran a sí mismos. La consecuencia es clara: si de serie ya desconfío, parto de la premisa de que el otro no me va a comprender lo suficiente, es decir, no empatiza conmigo, renuncio a una comunicación profunda, a menudo sin haberlo intentado siquiera. Con ello disminuye no solo la frecuencia de la comunicación significativa, sino también la disposición a cooperar. El otro deja de ser interlocutor y se convierte, progresivamente, en el extremo opuesto: una distancia que se agranda cuanto menos hablamos. Derecha frente a wokeismo, hombre frente a mujer, sociedad mayoritaria frente a migrantes, blanco frente a negro. Este fenómeno resulta especialmente visible en los debates políticos, cada vez más marcados por la confrontación, la simplificación y el ataque personal. En este contexto resulta útil recordar la distinción de Habermas entre actuar estratégico y actuar comunicativo. Hemos sofisticado el “actuar estratégico” es decir, actuar en nuestro propio interés, hasta convertirlo en una forma socialmente aceptada de egoísmo, y en ese proceso hemos ido perdiendo la capacidad más valiosa de todas: actuar comunicativamente entre nosotros para triunfar juntos como humanos y sobre todo como sociedad.

El payaso que me encontré aquel día en la plaza y me planteó esta pregunta se llamaba Claret. No llegó a leer estas páginas. Murió antes de que pudiera responderle. Pero Claret tampoco necesitaba mi respuesta; él ya vivía como un ejemplo para todos nosotros, en su cercanía, en su entrega a los demás, con su profunda humanidad. Quizá la pregunta que me lanzó aquella tarde en la plaza no era solo una pregunta: era también, a su manera, una invitación. Una invitación a recordar quiénes somos.

Author Leonard Glab Frontera

Leonard Glab Frontera es fundador e investigador de G-Lab-2b. Investiga la cooperación en contextos de crisis y conflicto i es Profesor asociado de la Universitat Pompeu Fabra. Autor del libro "Cartografía de nuestros tiempos".

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