Publicado originalmente en catalán en The Conversation el 22 de octubre de 2026. Una versión abreviada se publicó también en el diario El Punt Avui.
Guerra, energía, vivienda, escuelas, servicios públicos, protestas. ¿Por qué parece que tantas tensiones europeas se intensifican a la vez? Las movilizaciones recientes en Francia, Italia, Portugal y Albania coinciden en el tiempo, pero responden a causas distintas, desde el coste de la vida hasta la educación o la corrupción.
Mi hipótesis es otra: más que un empeoramiento simultáneo de todo, lo que observamos es la superposición de varias crisis en un momento en que las personas y las instituciones disponen de menos margen material, institucional y político para absorberlas y transformarlas conjuntamente. En mi investigación sobre cooperación en contextos de crisis y conflicto, esta es una pregunta central: ¿por qué una presión compartida genera cooperación en unos casos y confrontación en otros?
Cuando una crisis atraviesa fronteras
La investigación sobre crisis transfronterizas muestra que muchos problemas actuales desbordan las fronteras geográficas, administrativas o sectoriales con las que organizamos nuestras respuestas. Una guerra puede convertirse en una crisis energética; esta, en inflación; y la inflación, en presión sobre los hogares y los presupuestos públicos. El problema se desplaza más rápido que las instituciones encargadas de responder a él.
Lo vemos ahora. En una declaración ante el Comité Monetario y Financiero Internacional del 17 de octubre, el Banco Central Europeo advertía de que el conflicto en Oriente Próximo seguía exponiendo a los mercados energéticos a fuertes oscilaciones. Una decisión tomada lejos de Europa puede acabar afectando a la factura de la luz, al transporte o al coste de producir alimentos.
La investigación sobre policrisis añade una precisión importante: no basta con que varias crisis coincidan. Hablamos de entrelazamiento cuando una alimenta o amplifica a las demás. Es esa transmisión entre sistemas, y no solo la acumulación de malas noticias, lo que puede hacer que el conjunto sea más difícil de gestionar.
El margen también se agota
Una nueva sacudida nunca llega a una sociedad que parte de cero. Llega después de las anteriores. En una amplia encuesta en línea de Eurofound, basada en una muestra no probabilística y ponderada para aproximarse al perfil demográfico de la UE, el 61 % de los participantes pertenecientes a hogares de ingresos bajos afirmaba tener dificultades para llegar a fin de mes en 2025, frente al 9 % de los procedentes de hogares de ingresos altos.
Esto ayuda a responder al «por qué ahora». Una presión que quizá era soportable hace tres años deja de serlo cuando ya se han agotado los ahorros, las alternativas y la paciencia. El efecto de una crisis depende tanto de su intensidad como del margen disponible para afrontarla.
También hay un desajuste de ritmos. Los mercados cambian rápidamente; las reformas necesitan tiempo; las vidas no siempre pueden esperar. Las instituciones trabajan con presupuestos, legislaturas y procesos de negociación. Las personas toman decisiones sobre independizarse, estudiar, tener hijos o cambiar de trabajo en plazos que no pueden aplazarse indefinidamente.
La sensación de que todo va a peor también tiene una dimensión perceptiva. Un estudio experimental realizado en 17 países encontró, de media, una respuesta psicofisiológica más intensa ante las noticias negativas que ante las positivas. Eso no convierte el malestar en algo imaginario. Dos cosas pueden ser ciertas a la vez: podemos sobreestimar el deterioro general y, al mismo tiempo, sufrir problemas muy reales. La percepción puede amplificar las malas noticias, pero no inventa el alquiler que no se puede pagar, la escuela sin recursos o el salario que cada mes alcanza para menos.
Necesitarnos no significa estar de acuerdo
Aquí aparece otro error habitual: pensar que, si un problema es compartido, también lo son los intereses. No necesariamente. Los gobiernos pueden tener que proteger el poder adquisitivo y, al mismo tiempo, contener el déficit; una transición energética puede generar beneficios colectivos, pero costes concentrados; una reforma puede ser urgente para unos y amenazante para otros.
La cooperación comienza precisamente ahí: cuando hay que negociar intereses distintos sin convertir cada desacuerdo en un juego de suma cero. Los casos que he analizado apuntan en esa dirección: la urgencia puede facilitar la acción conjunta, pero no sustituye a la confianza, la organización ni a una visión suficientemente compartida del problema. Cuando estas condiciones fallan, la misma presión que nos obliga a cooperar puede empujarnos a protegernos por separado.
Protestar también puede ser cooperar
Sin embargo, el malestar no conduce necesariamente al repliegue. Un metaanálisis de 182 efectos relacionados con la acción colectiva identificó tres factores recurrentes en la movilización: la percepción de injusticia, la identificación con otras personas afectadas y la confianza en que actuar conjuntamente puede servir de algo.
Por eso, una protesta pacífica puede expresar desconfianza hacia las instituciones y, al mismo tiempo, confianza entre quienes se organizan. El conflicto y la cooperación no siempre son opuestos: a veces la cooperación surge precisamente dentro del conflicto.
Europa ya ha mostrado otra posibilidad. Durante la pandemia, tras negociaciones muy duras, los Estados miembros acordaron un fondo extraordinario de recuperación de 750.000 millones de euros financiado mediante endeudamiento europeo. Los intereses nacionales no desaparecieron; se construyó un mecanismo para negociarlos ante una vulnerabilidad percibida como compartida.
Las crisis contemporáneas atraviesan fronteras y sectores con gran facilidad, pero las instituciones, los recursos y la confianza no siempre circulan a la misma velocidad. Ahí surge la paradoja que hay detrás de muchas de las noticias que vemos estos días: precisamente cuando la interdependencia nos hace necesitar más cooperación, la inseguridad puede dificultar su construcción.
Interpretar las tensiones actuales exige, por tanto, mirar más allá del volumen de las protestas. Importa saber si los desacuerdos encuentran procedimientos creíbles, si los costes pueden negociarse y si las personas conservan la capacidad de influir en las decisiones. La señal de alarma no está en la existencia del conflicto: aparece cuando desaparecen los canales creíbles para transformarlo.
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