Europa lleva décadas construyendo una profunda interdependencia entre sus estados. El reto ahora es convertirla en una cooperación más sólida, basada en confianza, responsabilidad compartida y una percepción del futuro que también incluya nuestra relación con quienes quedan fuera de sus fronteras.

Hace casi 25 años, el 1 de enero de 2002, los billetes y monedas en euros empezaron a circular por primera vez. En aquellos billetes aparecían puentes que parecían históricos, aunque ninguno existía realmente. Se diseñaron para simbolizar la comunicación entre los pueblos de Europa y entre Europa y el resto del mundo, sin privilegiar a un país concreto. La historia tuvo después un giro inesperado: en Spijkenisse, cerca de Róterdam, el diseñador Robin Stam convirtió aquellas arquitecturas imaginarias en puentes reales.

El proyecto europeo surgió de una necesidad histórica concreta: hacer mucho más difícil que Estados que habían combatido repetidamente volvieran a destruirse. La Declaración Schuman de 1950 propuso avanzar mediante “realizaciones concretas” capaces de crear una “solidaridad de hecho”. Carbón y acero, mercados, instituciones, legislación y fronteras progresivamente permeables fueron haciendo que las decisiones nacionales dependieran cada vez más de las decisiones de los demás.

Ese mecanismo funcionó. Sin embargo, depender de otro y cooperar con él describen niveles distintos de relación. La cooperación tiene una dimensión instrumental: coordinar normas, recursos y decisiones para alcanzar determinados objetivos. También tiene una dimensión relacional: reconocer al otro como un interlocutor legítimo, comprender sus restricciones y aceptar que una parte de su futuro afecta al nuestro.

Europa ha desarrollado una capacidad instrumental extraordinaria. Puede regular mercados, redistribuir fondos o coordinar políticas entre veintisiete Estados. Su dimensión relacional es más irregular. Y ahí aparece la cuestión central: las sociedades cooperan de forma más duradera cuando perciben que su futuro está significativamente vinculado al futuro de los demás.

Lo que las crisis revelan

Jean Monnet escribió que Europa se forjaría en las crisis y acabaría siendo la suma de las soluciones adoptadas frente a ellas. La historia reciente le da parcialmente la razón, aunque también permite precisar su intuición.

La crisis del euro generó nuevas instituciones y mecanismos de coordinación, pero quedó atravesada por una profunda división entre países acreedores y deudores. En torno a Grecia, los rescates, la Troika y la austeridad activaron narrativas de responsabilidad, culpa y disciplina. Entre 2007 y finales de 2014, la renta nacional griega cayó alrededor de un 25 %, y el desempleo y la pobreza golpeaban especialmente a los jóvenes, según un estudio del Parlamento Europeo. Detrás de las negociaciones macroeconómicas había personas que perdían ingresos, empleo y expectativas de futuro.

Aquella crisis fue también un problema de comunicación entre sociedades. En unos países se extendió la imagen de unos vecinos que habían vivido por encima de sus posibilidades; en otros, la de unas instituciones y unos gobiernos acreedores que imponían el coste de la crisis desde fuera. Cuando una sociedad interpreta a otra principalmente a través de categorías de culpa, irresponsabilidad o imposición, la interdependencia puede mantenerse mientras la relación se deteriora.

La pandemia produjo una dinámica diferente. La crisis sanitaria afectaba a todos y encajaba peor en aquella división moral entre acreedores responsables y deudores irresponsables. La respuesta europea culminó en NextGenerationEU y una capacidad excepcional de endeudamiento común para financiar la recuperación. La cooperación instrumental estuvo acompañada esta vez por una percepción más amplia de vulnerabilidad compartida.

La guerra de Ucrania ha abierto otro frente. Tras el acuerdo político alcanzado en diciembre de 2025, 24 Estados miembros formalizaron en 2026, mediante cooperación reforzada, un préstamo de 90.000 millones de euros a Ucrania. El reparto indicativo contempla 30.000 millones para apoyo macroeconómico y 60.000 millones para capacidades industriales de defensa y adquisición de material militar.

Desde una perspectiva humanista, esta capacidad de respuesta plantea una pregunta incómoda. Europa demuestra que puede movilizar enormes recursos cuando percibe una amenaza militar. El contraste obliga a mirar también la capacidad que dedica a diplomacia, prevención de conflictos, protección social y respuesta humanitaria. Para una parte de Europa, reforzar la defensa significa proteger vidas y sociedades frente a una amenaza directa; sus críticos advierten del riesgo de que otras prioridades políticas y sociales pierdan espacio.

La cuestión va más allá de la defensa. Podemos aumentar rápidamente nuestra capacidad para actuar juntos sin haber construido el mismo grado de comprensión compartida acerca de por qué actuamos, qué costes aceptamos y qué futuro queremos proteger. También por eso el desacuerdo importa. Una objeción puede revelar costes desiguales, experiencias históricas diferentes o una visión del futuro en la que una parte de la sociedad no logra reconocerse. La cooperación reforzada utilizada para el apoyo a Ucrania muestra una salida institucional posible cuando la unanimidad completa no existe.

Derechos, identidad y fronteras

La pregunta sobre quién forma parte de ese futuro compartido lleva inevitablemente a la identidad europea. Dolf Sternberger acuñó en 1979 la expresión “patriotismo constitucional”. Jürgen Habermas desarrolló después el concepto y lo proyectó hacia Europa: una comunidad política capaz de generar solidaridad alrededor de derechos, instituciones democráticas y participación sin depender de una única identidad nacional.

Esta idea permite imaginar una Europa donde sociedades con historias, lenguas e intereses diferentes compartan una comunidad política porque reconocen determinados principios como propios. Las fronteras son una de sus pruebas más exigentes. Durante décadas, el proyecto europeo redujo radicalmente el peso cotidiano de muchas fronteras interiores mediante la libre circulación, Schengen y la ciudadanía europea. Al mismo tiempo, la frontera exterior se ha hecho más densa.

Desde el 12 de junio de 2026 se aplican las nuevas reglas del Pacto de Migración y Asilo, con procedimientos comunes de registro, asilo, retorno y gestión de las fronteras exteriores. El 17 de junio, el Parlamento Europeo aprobó además su posición sobre las nuevas normas de retorno, que permiten, bajo determinadas condiciones, el traslado a terceros países mediante los llamados “centros de retorno”. El texto incorpora referencias al respeto de los derechos fundamentales, el principio de no devolución y la prohibición de expulsiones colectivas. Amnistía Internacional ha advertido, sin embargo, de riesgos de detención arbitraria, malos tratos y devoluciones forzadas asociados a estos centros.

Aquí la diferencia entre cooperación instrumental y relacional adquiere su dimensión más humana. El 14 de julio de 2026, RaiNews informó de la llegada a Lampedusa de 38 personas en dos embarcaciones. En la primera viajaban seis tunecinos, entre ellos un hombre tetrapléjico que fue desembarcado en camilla; en la segunda, 32 personas procedentes de Libia, entre ellas nueve menores.

Ese mismo día, en otro episodio distinto, Reuters informó de un naufragio frente a la costa oriental de Libia. Diez personas sobrevivieron y al menos cincuenta, entre ellas mujeres y niños, murieron o desaparecieron. Los supervivientes fueron rescatados cerca de la isla de El-Bardaa, unos 70 kilómetros al oeste de Tobruk. En ese momento, “migración” deja de ser únicamente una categoría administrativa.

Europa puede desarrollar sistemas cada vez más eficaces para gestionar una frontera. La cuestión relacional pregunta quién aparece al otro lado: un expediente, una presión migratoria, una amenaza o una persona con una historia, unas relaciones y un futuro que se cruza con el nuestro. Si la identidad europea pretende apoyarse en derechos, dignidad humana y límites al ejercicio del poder, la forma en que trata a las personas en sus fronteras muestra hasta dónde alcanzan realmente esos principios. Esa coherencia condiciona también la capacidad europea de contribuir a la mediación y a la construcción de paz. Su legitimidad exterior dependerá, en parte, de la relación entre los principios que invoca y la manera en que los aplica dentro de su territorio y en sus fronteras.

Hacer reales los puentes

Los puentes de los primeros euros nacieron como una solución gráfica. Permitían representar la conexión sin decidir qué país debía ocupar el billete. En Spijkenisse acabaron teniendo pilares, rampas, barandillas y personas que los cruzan.

Durante décadas, Europa ha construido la arquitectura de la interdependencia: tratados, mercados, instituciones, derechos y procedimientos capaces de conectar sociedades que antes se enfrentaban. La redefinición de Europa pasa ahora por la calidad de esas relaciones. Una cooperación duradera requiere capacidad de actuar, pero también reconocimiento, escucha y responsabilidad hacia las consecuencias de las decisiones comunes. Hacer reales los puentes significa convertir la conexión institucional en una relación humana y asumir que un futuro compartido también exige responsabilidad compartida.

Author Leonard Glab Frontera

Leonard Glab Frontera es fundador e investigador de G-Lab-2b. Investiga la cooperación en contextos de crisis y conflicto i es Profesor asociado de la Universitat Pompeu Fabra. Autor del libro "Cartografía de nuestros tiempos".

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