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Guinea-Bissau es uno de los países más pobres del mundo. Es una zona marcada por la crisis, no solo por la pobreza estructural, sino también por los efectos cada vez más visibles del cambio climático. La combinación de ambos factores hace que la supervivencia cotidiana sea especialmente difícil para muchas comunidades. En los últimos 25 años, el nivel del mar ha aumentado más de 10 cm, el archipiélago de las Bijagós, la línea de costa retrocede 6 a 7 metros anuales, y la tendencia sigue acelerándose. La intrusión salina amenaza los ríos de agua dulce y los ecosistemas que dependen de ellos, pero también pone en riesgo los campos de arroz y, con ellos, el sustento de muchos agricultores y sus familias. ADPP detectó estos problemas hace tiempo y está actuando. Por eso estoy aquí, para aprender cómo se puede afrontar una situación como esta a través de la cooperación.

Hace poco ha habido un golpe de Estado en Guinea-Bissau. En la frontera todavía se percibe la situación por la presencia militar, aunque el trato es muy amable y menos estricto de lo que esperaba. También tengo que acostumbrarme a que aquí no se habla francés: la comunicación es en portugués o en criollo.

Conduzco por la sabana tropical, por São Vicente, pasando por Bula, hasta Bissau. Es un trayecto de poco más de 100 kilómetros que dura más de tres horas y media. La carretera es difícil y no resulta agradable conducirla con muchísimos batches, ni para el Subaru, (perdona máquina). Al llegar a Bissau me encuentro con Fernando, el director de la ONG ADPP, (Ayuda de Desarrollo de Pueblo a Pueblo). No tarda en presentarme a muchos compañeros y organizamos tres grupos de trabajo. Me explican la situación actual, el funcionamiento de la organización y las acciones concretas que están desarrollando con las comunidades, los jovenes, y los granjeros. Una parte central de su trabajo es la formación de los agricultores, para ayudarles a encontrar alternativas que les permitan mantener su actividad y al mismo tiempo cuidar su entorno. Los manglares forman una parte fundamental del ecosistema y su protección es esencial para el equilibrio ambiental, pero también para la supervivencia de las comunidades. También me explican que comienzan a trabajar con los jóvenes desde muy temprano, construyendo escuelas y centros de formación profesional para ofrecer perspectivas de futuro. Hablamos también del modelo ECOOPx como posible herramienta de diagnóstico y como marco para mejorar la cooperación entre ADPP, los agricultores y las comunidades.

Fernando me ofrece una habitación en las oficinas para pasar la noche, ya que en la ciudad no es fácil encontrar lugares seguros donde dormir con tienda. Me quedé dos días más y decidí seguir adentrándome en el país. Regresé a Bula y partí hacia Bissora para visitar una escuela de ADPP. En el camino me equivoqué de calle y terminé en un barrio donde pude ver de cerca las duras condiciones en las que vive mucha gente. Mi presencia allí sorprendió a algunos vecinos, pero pronto surgió una conversación espontánea. Me acogieron con amabilidad y me indicaron el camino correcto hacia la escuela.

Al llegar a la escuela me sorprendo. No esperaba encontrar un espacio tan idílico y bien cuidado, con varios edificios construidos por ellos mismos junto a los alumnos, huertos, animales y hasta un taller para la fabricación de ladrillos. Todo transmite una sensación de comunidad activa.

Un profesor me espera en la entrada para acompañarme hasta el director, Djoncon Camara. Habla muy bien inglés y nos reunimos con varios profesores que me explican el proyecto educativo. El programa se centra en el agri-business, agricultura vinculada a la actividad económica que busca formar agricultores autosuficientes, capaces de vivir de su trabajo mientras cuidan su entorno y se adaptan a los retos del cambio climático. Al mismo tiempo han desarrollado talleres prácticos donde los alumnos aprenden oficios como la instalación de placas solares, fontanería y otras habilidades técnicas necesarias en el entorno local. He traído dos pelotas y lapices como regalo con la esperanza que sean útiles y aprovechamos también para hablar de posibles cooperaciones educativas futuras. Se toman el tiempo para mostrarme todas las instalaciones, aulas y también la el comedor que cada semana sirve de «AGORA» para hablar juntos ( alumnos y profesores ) de los problemas y conflictos que han surgido. Me despiden con un aliento de esperanza porque aun que han hecho ya mucho, queda mucho por hacer.

Volveré pronto, porque tengo la sensación de que existe una responsabilidad compartida que debemos asumir entre todos.

Author Leonard Glab Frontera

Investigación en conflictos y crisis interculturales | Mediador de paz | Profesor universitario | ECOOPx.io

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