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Casi no sé por dónde empezar. Ha pasado tanto en la última semana, desde que entré por Diama a Senegal, que la documentación, tanto profesional como personal, de los acontecimientos me desborda. Ahora estoy en Guinea Bissau, pero el camino hasta aquí, lo cuento ahora:

Después de dos días de descanso forzado, esperando mi «Carnet de Passage» que llegó desde Dakar ya sellado, me instalé cerca del Atlántico, en Gandiol. Pensaba que la temperatura no podría superar la del desierto, pero me equivoqué. En los últimos días hemos alcanzado 41, 42, 43 grados. Sin aire acondicionado en el coche, toca agudizar la creatividad para hacerlo soportable.

A pesar del calor, estoy bien y con energía. Mucha fruta, mucha agua, pescado y verduras locales, y de vez en cuando un preparado de electrolitos que el médico me recomendó antes de salir. La comida es ligera y sabrosa, lo cual ayuda mucho. Incluso he tenido ganas y tiempo de cocinar una paellita. La nevera funciona al límite, igual que la batería. La placa solar hace lo que puede y suministra lo justo para mantener el sistema operativo. Me ha sorprendido comprobar que los precios en Senegal son muy similares a los de Europa. Eso pesa, o mejor dicho, aligera el monedero.

Tras varios días junto a la costa, me adentro en el país, pasando por Tiaouvare, Fatick y después Sokone. Allí, BINGO: la señora de la foto de portada ha creado un espacio maravilloso para acoger viajeros y personas que necesitan ayuda. Lo construyó junto a su marido, fallecido hace poco. Ella continúa con una fuerza y un optimismo que impresionan. Desde allí sigo hacia Gambia. No me quedo mucho tiempo. La primera reunión en la universidad no pudo realizarse. El ritmo aquí es distinto. Lo entiendo. No puedo imponer el tempo de mi expedición. Espero volver la semana próxima.

En Senegal hay innumerables pequeñas aldeas de diez o quince casas. La vida no se concentra únicamente en las ciudades; está distribuida por todo el territorio. También cambian las reacciones de los niños según el pueblo. En algunos saludan con entusiasmo y curiosidad. En otros observan con distancia, con gestos muy claros. Es un fenómeno interesante de analizar. En cualquier caso, yo soy el extraño, el de la piel diferente. En zonas rurales y no turísticas, mi presencia sigue sorprendiendo. Los wolof me llaman toubab.

Al dejar la zona wolof y dirigirme hacia Ziguinchor, capital de Casamance, el contexto cultural cambia. La presencia diola es fuerte. Ziguinchor es una ciudad vibrante, aunque también ofrece escenas inesperadas. En el centro de cuidad, la carretera principal, la más transitada, tuve que vaciar por completo el coche para demostrar a un policía que Si llevaba los dos triángulos reglamentarios. No fue precisamente cómodo ver todas mis pertenencias apiladas sobre el asfalto… Ahora lo recuerdo con una sonrisa: una imagen casi surrealista, mi vida desplegada en plena calle africana.

Pero no me conformo con Ziguinchor. Necesito entender más. Me adentro hasta Oussouye, corazón del territorio diola. Voy a visitar a Pierre, que gestiona un campamento, y me presenta a Pierro. Una de las personas más sorprendentes que he conocido en todo el viaje. Antiguo luchador, hoy se dedica a ser embajador de la cultura diola y de la naturaleza que la rodea.

Me muestra cómo viven, la cultura diola en su esencia. Compartimos vino de palma con una cuchara de madera de un solo recipiente, con el consejo ceremonial (10 ancianos), me invitan a quedarme más tiempo celebrando ( Sin vino de palma no hay ceremonia) , pero me viene en mente «Don’t drink and drive» y Pierro ya me quiere explicar más cosas,..y nos vamos andando.

La mayoría de los diola son animistas ( Creencia espiritual indigena, de que la naturaleza y los seres vivos poseen espíritu o alma. ) , pero conviven incluso a nivel familiar con el cristianismo y el islam. Máxima diversidad, profundamente respetada y también compartida, porque aunque no sean de la religión participan  en ello por respeto y interés. Esto si, me he dado cuenta que los cristianos tienen una misión muy clara aquí, para los poco cristianos han construido una inmensa iglesia para 150 de personas aprox.

Pierro no solo conoce a fondo los fetiches y las costumbres de su cultura; también domina el entorno botanico. Sabe de flora y fauna con una precisión admirable. En el centro del pueblo me presenta a la Ceiba. Cuarenta metros de altura y tres metros y medio de diámetro de tronco. Lo que más me impresiona no es su tamaño, sino su carácter: es un árbol que permite que otros crezcan junto a él sin eclipsarlos. Por eso lo llaman el árbol generoso.

Después me muestra los mangos y los anacardos, explicándome todo el proceso, desde la cosecha hasta que la nuez de anacardo está lista para consumirse. Me cuenta que muchos jóvenes quieren o necesitan marcharse a Dakar, donde hay más oportunidades laborales. Él, en cambio, quiere quedarse. Sueña con construir un museo dedicado a la cultura diola. No tengo dudas de que lo logrará. Me enseña la escuela primaria/Infantil del pueblo, hablamos de con la Directora mientras que da comida a los pequeños, aunque es una escuela acogedora, les hace falta de todo.

Antes de despedirnos me enseña el “tronco telefónico”, el Bombolong, utilizado en fiestas y celebraciones para comunicarse con el pueblo vecino. El sonido puede alcanzar cinco o seis kilómetros.

Regreso a Ziguinchor para preparar el cruce hacia Guinea Bissau. El cónsul, un personaje ágil e interesante, me concede la visa en menos de diez minutos. Aleluya.

Mientras yo organizo la siguiente etapa, Pierro no descansa, aprovecha el atardecer para trabajar en el campo y el bosque para ganar dinero para su gran sueño.

Author Leonard Glab Frontera

Investigación en conflictos y crisis interculturales | Mediador de paz | Profesor universitario | ECOOPx.io

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