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Canadá en la puerta de Europa: una alianza en tiempo de necesidad e incertidumbre

By 21 de septiembre de 2026No Comments10 min read

El 16 de septiembre de 2026, en el marco del Estado de la Unión, la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen expresó la voluntad de “abrir sus puertas para que Canadá sea el primer miembro asociado de la UE” en un momento de crecientes tensiones con los Estados Unidos. Este anuncio, a su vez, ha adquirido gran notoriedad, debido a la inexistencia de disposiciones que contemplen dicha figura en los Tratados de Maastricht (1992) o Lisboa (2007), vaticinando una posible reconfiguración de dinámicas y relaciones de cooperación entre actores dentro del sistema internacional.

La propuesta, sin embargo, no debería sorprender si consideramos la naturaleza sui géneris de la Unión Europea, no fácilmente clasificable en categorías tradicionales de estado o de organizaciones internacionales, siendo el referente histórico más fructífero de una organización paneuropea. La cuestión, en todo caso, es que adicionalmente la propuesta que Canadá sea el primer miembro asociado de la UE genera preguntas sobre aquello que realmente significa ser miembro y que podrían llegar a hacer que los países cooperen bajo condiciones similares a las propuestas por von der Leyen.

Hoy, y mediante el presente artículo, nos preguntamos: ¿qué nos dice exactamente el caso Canadá-UE sobre la reconfiguración de la cooperación internacional? Sostenemos, concretamente, que el caso entre Canadá y la Unión Europea muestra que las alianzas modernas pueden cambiar de acuerdos específicos a formas más flexibles de colaboración. Esta evolución ocurre por necesidad en un entorno cambiante, pero también depende de cómo estén establecidas las instituciones y de cuánta confianza exista entre las partes.

Una mirada a través del modelo ECOOPx

Para valorar la solidez de esta cooperación y comprender qué la facilita, qué la limita y qué nuevas interdependencias genera, recurrimos al modelo ECOOPx. Concretamente, este modelo distingue entre las dimensiones instrumentales y relacionales, es decir, la comunicación, organización y urgencia, y, por otro lado, la confianza, la visión compartida, y la resonancia. La primera, la dimensión instrumental remite a mecanismos prácticos que permiten pasar de intenciones a acciones específicas, mientras que la relacional tiene un sustrato emocional y profundamente arraigado en la confianza, pero que, a su vez, asegura una resiliencia real.

Comunicación y visión compartida: un discurso a traducirse en acción

Aplicado al caso de estudio, el discurso del Estado de la Unión y la declaración de intenciones generada a partir de entonces parecerían encajar con el ámbito instrumental. La propuesta no surge de la nada, sino que von der Leyen utiliza una retórica concreta y de visión compartida: “Europa y Canadá creen en la democracia”, basado en el principio que el poder político no tiene que residir en los “más fuertes, más ricos, o los que hacen más ruido, sino en todos nosotros”. Sin embargo, conviene recordar que una visión compartida no se tiene que establecer a través de una mera declaración, sino que requiere un compromiso real y sostenido en el tiempo.

Urgencia como motor de nuevas alianzas

En cuanto a la urgencia, entre Canadá y EE. UU. existe una relación que combina resquicios de cooperación que todavía sobreviven, como es la OTAN; con el creciente conflicto manifestado por la guerra comercial y, en general, la retórica del presidente Donald Trump. El ejemplo más visible, en este sentido, es la voluntad explícita de los EE. UU. para establecer mayores aranceles, o para hacer del Canadá el 51º estado de los UEA, una idea que ha estado presente en numerosos acontecimientos públicos del presidente estadounidense, y que ha sido categóricamente rehusada por Canadá. Sea como sea, el intento de la UE para acercarse a Canadá puede ser entendido como voluntad no para suplir el espacio previamente ocupado por los EE. UU., sino para fortalecer e institucionalizar nuevas formas de cooperación en clave de multilateralismo.

Una cooperación que busca institucionalizarse

Seguidamente, desde la organización, la cooperación entre la UE y Canadá basándose en los participantes sería de tipo bilateral, pero en esencia también multilateral, dado que la UE es un bloque constituido por 27 países. En cuanto al nivel de institucionalización de esta cooperación, ahora se procurará llegar a un acuerdo que permita la adhesión de Canadá como miembro asociado, después de una progresión gradual surgida a partir de las buenas relaciones y acuerdos parciales previos en ámbitos concretos como el Acuerdo Económico y Comercial Global entre Canadá y la UE (CETA). De manera notable, a su vez, esta voluntad de cooperación, que en todo caso nacería a partir de la unión de fuerzas en el ámbito de seguridad, también tendría impactos en ámbitos diferentes. Esto, conceptualmente remitirá al concepto de spillover funcional, según el cual la lógica de cooperación podría derivar también en una facilitación otros ámbitos de cooperación, como puede ser en materia educativa a través de la profundización en el programa Erasmus+, o del libre movimiento de personas.

Los límites a la cooperación y la cuestión de la confianza 

Existen, pero una serie de límites en la cooperación. En esencia, hablamos de límites de diferentes tipos: limitaciones por la rapidez del proceso, y por carencia de conceptualización institucional. En primera instancia, dado que es un proceso que se ha puesto de relieve estos días, causa limitaciones dado que la rapidez en que el tema adquiere rompería retórica y sistemáticamente con décadas de integración con los EE. UU. Canadá, en este sentido, se encuentra en un momento donde la rapidez y la fragilidad convergen, dado que avanza rápidamente hacia la UE gracias a una cooperación real, pero es frágil por su relación de dependencia con los EE. UU., que absorbe el 70% de las exportaciones del Canadá, y que ahora desea dejar atrás.

Seguidamente, en cuanto a las limitaciones por motivo de carencia de referentes institucionales, cabe destacar que no es la primera vez que el término miembro asociado, pues el canciller de Alemania propuso incluir a Ucrania en la UE bajo mismos estatus debido su contexto de conflicto. Sea como fuere, Von der Leyen presenta esta categoría para lograr una progresión sustancial y necesaria, transicionando desde la CETA hacia una “Alianza por el Futuro” y la creación de un espacio común de prosperidad y seguridad económica, aún tratándose de una figura ambigua. Esta ambigüedad, en todo caso, podría erosionar precisamente el futuro proceso, que necesariamente tendría que constituir las bases para establecer una confianza real entre EU y Canadá, y delinear condiciones y compromisos. Igualmente, esta no es una situación fatídica, donde la capacidad o carencia de capacidad de proponer condiciones mínimas en el establecimiento de los mecanismos de cooperación puede ser compensada con muestras de confianza y de interés explícitas. En este sentido, se prevé entre el 29 y 30 de octubre una cumbre en la ciudad de Montreal para profundizar en cuestiones relevantes a escala de cooperación económica y de seguridad.

Existe, no obstante, una noción más optimista, según la cual la existencia de cooperación previa puede acelerar una respuesta futura, dado que reactiva una confianza ya existente que no hay que forjar desde cero. Según el estudio de G-LAB-2B utilizando el modelo ECOOPx, los países que previamente habían establecido mecanismos de cooperación mediante décadas de colaboración en el marco de la UE podrían vertebrar respuestas más rápidas y efectivas, por ejemplo, a la crisis de Ucrania que otras regiones sin antecedentes de cooperación. Aplicado al caso del Canadá y la UE, podríamos, pues, considerar que dado que ambas regiones presentan un historial concreto de cooperación, manifestado por los acuerdos de CETA desde 2016 o PESCO desde 2021, hay una predisposición acumulada que forja las bases para una cooperación superior.

¿Hacia un nuevo horizonte?

El acercamiento de Canadá con la UE sugiere que se están reconfigurando las alianzas y formas de cooperación, superando los aliados convencionales y haciéndose más flexibles e incluso innovadores en la coordinación de los esfuerzos para hacer frente a los retos comunes. Desde esta perspectiva, la UE no tiene que entenderse como una entidad estática; más bien, su marco institucional parece capaz de adaptarse a nuevos arreglos en el entorno internacional. Esto se refleja en la categoría de miembro asociado, que podría proporcionar un marco para una alineación más estrecha con los estados que comparten valores comunes, de acuerdo con los principios del multilateralismo. El supuesto de la adhesión del Canadá como miembro asociado también ha sugerido que otros estados podrían seguir caminos similares, como la Parlamento Europeo Roberta Metsola ya ha sugerido que Australia o Nueva Zelanda podrían adherirse bajo un marco similar, cosa que en todo caso ahora despierta preguntas sobre cómo se articulará la escena internacional en las décadas próximas y que, quizás, podrían acercarnos a dinámicas de cooperación firmes.

Hasta que una posible adhesión del Canadá como miembro asociado se acabe de concretar, igualmente se están explorando otras cuestiones vinculadas como la participación más sustancial del Canadá en el programa Erasmus+, que, a pesar de ser esencialmente diferente y no al mismo nivel que otros intereses como son la IA o la defensa, remite a un aspecto crítico y absolutamente significativo: la creación de lazos de confianza e identidad, a través de la movilidad de personas y experiencias compartidas y con esto, la búsqueda de una legitimación social que preceda posibles mecanismos institucionales en una escalera mayor. 

Author Adrián de la Torre Dalmau

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