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No lo veo claro, he salido desde Rabat un poco precipitado a las 7 de la mañana. Ya no podía dormir. El ruido de la ciudad en un día laboral a estas horas es algo molesto. En marcha hacia el Sahara.

Estoy bajando la costa atlántica. A lo largo del trayecto desde Rabat, pasando por Marrakech, Agadir, Tan Tan, el Sáhara Occidental… El Aaiún, Boujdour y ahora Dakhla, he visto cómo la arena iba relevando poco a poco a los árboles y arbustos, y el ocre ganaba terreno al verde.

La niebla densa e incierta, como toda la expedición, la he conocido de varias maneras. Primero, en la parte norte, durante horas en forma de vapor. Después, a partir de Agadir, en forma de tormentas de arena constantes que parecían lluvias o pequeños granizos por el sonido que hacían en el coche. No dejan ver la superficie de la carretera, ( a veces la arena en el asfalto mezclado por el viento parecen espectros en movimiento si se mira demasiado tiempo ) , ni los vehículos a cincuenta metros.

Ahora todo esto se ha convertido en normalidad. Conducir a 80 km por hora tiene ventajas. El carburante empieza a ser mucho más económico acercándome a Mauritania, unos 90 céntimos el litro, y las gasolineras aparecen con más distancia entre ellas. Por eso me he puesto quince litros extra en el bidón, porque no me haría gracia quedarme tirado en un entorno hostil para la vida, como uno se imagina el «Far West« un entorno que no invita a quedarse. Aun así, la gente aquí se queda, con insistencia, contra la arena y el viento constante, entre el ocre y la niebla.

Casi cada día, entre las 9 y las 10 de la noche, ya estoy durmiendo porque las jornadas son demasiado intensas y ocupadas. Siempre hay algo que hacer, quedar con alguien, desplazarme, comprar comida, reparar o limpiar algo en el vehículo, planificar la ruta o volver a planificarla, buscar agua o la próxima gasolinera, encontrar un sitio seguro para dormir, secar la tienda, cocinar, documentar observaciones y vivencias del día o simplemente intentar localizar algo que no sé dónde lo he guardado en el coche 🙂.

En el camino también he hecho muchos nuevos amigos, tambien gracias a Laura y el equipo de «braçelets».

Assis, Mohamed, Youssouf, Yosef…. Personas y tambien perros que aparecen casi de la nada y que, durante un momento, hacen que el viaje sea menos solitario y más humano.

Y entre tramo y tramo, los dromedarios moviéndose por el desierto, tranquilos, como si el viento y la arena no fueran con ellos.

Tengo más ritmo ahora. Sigo.

Author Leonard Glab Frontera

Investigación en conflictos y crisis interculturales | Mediador de paz | Profesor universitario | ECOOPx.io

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